Una cana al aire

El timbre de casa suena imprevistamente. Nina entra sin hablar y queda estática frente a mí. Temblorosa, aturdida y agitada, no pronuncia una palabra.

-¿Que pasò? ¿Qué es lo que tienes… sucedió algo? -le pregunté preocupada.

Nina tenía cuatro niños; dos niñas y dos niños. Su vida era complicada, pues la situación económica hacía difícil la crianza de sus hijos. Su marido trabajaba mientras el sol duraba y hasta un poco mas. Aún así, la característica de tener poco (y nada) es  tener hijos sin saber o sabiendo que de igual modo crecen, con la cruda realidad que a veces se tiene y otras veces no.  Nina se había casado enamorada, muy joven y estaba muy dispuesta a tener un hermoso hogar. Y dentro de la humildad, sentía orgullo de su pequeño reinado. Luchaba cada día, aunque no se conformaba con esa suerte. Pero, ¿cómo hacer cambiar a lo que le tocó?

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Su marido Ted, tenía un temperamento felino. Altanero orgulloso de la nada, le gustaba presumir la belleza de su mujer. (En si, ser macho es dar hijos, no así mantenerlos; es una cultura sudamericana que tal vez sea imposible de cambiar) No se puede negar que el moreno tenía su facha, figura esbelta y de musculatura trabajada por el arduo labor diario. Los sábados era de quedarse con sus amigos a beber cervezas aún cuando Nina pudiera necesitar su ayuda. Los domingos, cómo un acto religioso, fútbol, vinos y mas vinos en casa de sus compañeros. De vuelta a casa fermentado en alcohol, solo a dormir y comenzar el lunes con su rutina habitual.

Nina se había acostumbrado a esos avatares, lo soportaba por creerlos como un premio que pudiese darse su marido por trabajar tanto. Ella sola, se acomodaba como podía con una magra dádiva del sueldo, cuidando él, por supuesto, que quedase para los encuentros con amigos. Todo eso comenzaba a molestar a la joven, ya no podía dejar pasar por alto, y comenzó a hacerle notar a Ted su disconformidad.

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Fueron muchas lágrimas en soledad, fue mucha bronca acumulada que  empezaron a emerger de su ser. Ted se portaba indiferente, eran “lagrimas de cocodrilos” -le decía,  no de importancia. Para Nina algo no cerraba, olía mal y, parecía alucinar sobre como fué que cambiaron las cosas, para ello tenía tiempo de sobra para pensar y recapitular desde ese “si, quiero”.

Hoy a la tarde Ted no había podido salir. Por esas cosas de la vida en que crees que es la hora, y todos los astros del mundo ayudan para revelarse, para aclarar… o simplemente para hacer honor a la frase  “las mentiras tienen patas cortas”. Hoy fué uno de ésos días.

Después del almuerzo dominguero y de hacer la sobremesa discutiendo temas que no parecía tener solución; Nina se dispone a ordenar y lavar los platos mirando por la ventana sus tesoros que corretean a Yhash un perrito callejero  por el jardín. Cuando vuelve al comedor por la botella de vino, un sonido le despierta curiosidad en la mesita del televisor. Imagina que tal vez sea el celular de su hijo mayor que lo pondría a cargar… pero no. Es el celular de Ted.

Es una llamada. Lo desconecta mientras camina hacia el dormitorio buscando a su marido que yacía profundamente dormido. Se aproxima llamándolo:

-¿Ted..? -Le habló casi susurrando, inmediatamente él  contesta entre dormido levantando la voz, pues no le gustaba ser interrumpido en el descanso, le había hecho saber alguna vez-.

-¡¡¡Déjame en paz pelotuda…!!! -Y ella, aunque estaba acostumbrada a ese trato tan indigno, se retiró sin mas palabras llevándose el aparato consigo. Nunca se le había cruzado por la mente hasta ese momento mirar el celular, pensaba que sería faltar a la confianza de su marido pero se trataba de una llamada. Dió un vistazo, el remitente estaba con un nombre de contacto algo llamativo y muy perturbador para ella.

Decía: -“Tiene una llamada perdida de Una Cana al Aire” -.

Nina se sentó y puso el celular en medio de la mesa, lo miraba como un oscuro abismo, una incógnita, un presentimiento se hizo presente y no le daba tregua.

– No…Naaa ¡No puede ser…! -Otra vez pensaba. Un nudo en la garganta la ahogaba. Camina a la cocina y bebe presurosa un sorbo de agua como para matar esa absurda idea de su mente. Vuelve tomándose la cabeza, de un lado a otro recorre el largo de la sala pronunciando sílaba por sílaba para darle un significado que le deje sin dudas a ese nombre “Una Cana al Aire”.

De un zarpazo lo toma entre sus manos diciéndose: -¡¡No me puedo quedar con esta duda!! y se encierra en el baño bajo llave.

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Mira el contacto ya tenía varios llamados del mismo en horarios similares, mientras se rompía en mil pedazos la confianza de una mujer, madre y amante legal. En sus ojos, ventana del alma, empezaban a lamentarse y entender una realidad que le gritaba a su sordo corazón enamorado. Gotas gruesas atravesaban su mejilla, mojando sus labios rabiosos y sus dedos temblorosos. Busca los mensajes entre ellos dos, solo había uno que daba a entender que se trataba de una mujer.

Este mensaje decía: “Necesito más dinero, te estamos esperando… hoy cumple un año tu hija…”  y no pudo seguir, Nina dejó caer el celular al inodoro y su vida con conyugal con él.

Por Calu Carz

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11 pensamientos en “Una cana al aire

  1. ¡Hola!
    ¿Cuántas veces habrá habido o estará ocurriendo en la realidad una historia como la que acabas de narrar? Muchas, ¿verdad? Me gustan tus relatos.
    ¿Te descubriste en mi lista de nominados? Espero que sí.
    Desde Chile un afectuoso abrazo para ti

    Me gusta

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